No, no piensen que en el título del post va implícita
declaración pública alguna sobre mis filias y fobias políticas; prefiero reservarme mi opinión sobre el ex presidente del gobierno para la intimidad. En realidad, el título del post
replica el nombre de un grupo de Facebook creado por un tal “Fet E. Stinks” (tiene pinta
de ser un pseudónimo) y que, en el
momento de escribir estas líneas, cuenta
con nada menos que 19.251 miembros. No
es uno de los grupos más grandes de Facebook,
pero no está nada mal. ¿Y cómo he llegado a conocer sobre la existencia de este
grupo? Podría haber utilizado el buscador que incorpora la aplicación, pero no
ha sido el caso. Aunque
los usuarios de Facebook ya se lo imaginan, para aquellos lectores que aún no han sucumbido a esta corrala 2.0 (a la
que, por cierto, estoy cada día más enganchado, tal vez porque no hace mucho
que he sido atrapado en sus redes), es importante aclararlo: a través de una
pestaña de la aplicación -que en el
nuevo interfaz se llama “Noticias”-, cada usuario recibe puntual información sobre cualquier actividad
realizada en esta red social por sus “amigos”. Por supuesto, también se nos informa sobre los grupos a los éstos se van
adhiriendo.
Y así es como conocí hace
ya algún tiempo el grupo “Apuesto a que encuentro 100.000 personas
que detestan a José María Aznar”. Varios de mis amigos en Facebook se han
inscrito en él (tranquilidad, no daré nombres), y cada vez que esto ha
sucedido, la aplicación –que, con
bastante acierto, supone que si algo le
interesa a mis amigos, es probable que también me guste a mí- me lo ha
recordado.
Gracias a esta funcionalidad de Facebook he llegado a
conocer unos cuantos grupos que verdaderamente me han resultado interesantes, pero también (y esto es lo más interesante para un curioso/cotilla como yo) me está permitiendo conocer algo mejor
a mis “amigos”, con muchos de los cuales mantenía una
relación superficial en el mundo real (nunca sé
bien cómo llamar a lo que no transcurre sobre plataformas digitales), cuando no directamente inexistente. ¡Ya conozco infinidad de vicios y
filias confesables (como los sugus o el jamón ibérico) de muchos de ellos!,
¿E inconfesables?, ¿Sé algo comprometido sobre ellos? La respuesta es, rontundamente: SÍ...
pero permítanme explicarme antes de que todos mis amigos de Facebook se pongan
a temblar ante la idea de que pueda revelar alguno de sus oscuros secretos, ;-))
Es evidente que prácticamente nadie utiliza a sabiendas Facebook -o cualquier otra red
social de opt-in- para compartir
información de carácter personal que crea que puede perjudicar o alterar su
auto-imagen, sin embargo, dada nuestra inexperiencia para manejar nuestra
identidad en estos entornos, lo cierto es que lo acabamos haciendo sin darnos
cuenta.
Hace ya casi medio siglo (1959) que el sociólogo Erving Goffman, referente intelectual clave del
interaccionismo simbólico, se valió del “enfoque dramatúrgico” para explicarnos
cómo el individuo se presenta de manera diferente, y encarna distintos roles, en función del grupo social con el que esté
interactuando. Aunque puedan existir
puntos de conexión entre los diferentes
roles que asumimos, a poco que uno reflexione sobre su propia manera de presentarse y
comportarse en diferentes contextos de interacción, se dará cuenta del carácter
multidimensional de la identidad. Pero demos un paso más allá del rol social, y descendamos al nivel de interacción
interpersonal: al final, desplegamos un
patrón de comportamiento diferente –dinámico,
no fijo, eso sí- con cada una de las
personas con las que interaccionamos de forma cotidiana. Esto es así por cuanto que ninguno de
nuestros interlocutores habituales es considerado unidimensionalmente; como padre,
hijo, hermano, compañero de trabajo,
vecino o amigo. Así, puede que mi vecino sea también mi hermano, amigo y compañero de
trabajo, y que en nuestra interacción concurran todos estos roles.
Afortunadamente, como animales sociales que somos, nos
manejamos con soltura en esta infinita
maraña de roles socialmente pautados sin ser apenas conscientes de ello en la mayoría de
las ocasiones. Sin embargo, este proceso se hace consciente, y los problemas
surgen, cuando tenemos que interactuar
de forma simultánea con personas con quienes el peso de uno de nuestros roles
está más marcado. ¿Por qué cuando llegado el momento nos incomoda la idea de
tener que presentar nuestra nueva pareja a la familia?, ¿Tal vez porque nos
aterra que la abuela o un hermano
carente de inteligencia emocional acabe relatando episodios de nuestra infancia
que puedan alterar la imagen idílica que hemos construido a base de flores,
viajes y cenas románticas?, ¿Quién no se ha sentido incómodo cuando hemos
recibido la llamada de teléfono de un amigo cachondo estando en la oficina?
¿Y qué sucede cuando interaccionamos en redes sociales como Facebook? Pues que, básicamente, adoptamos
el mismo número de roles que en la interacción face to face (evaluando con
quien/es nos relacionamos en un momento dado), pero sin ser plenamente
conscientes de que en realidad –siguiendo el símil de Goffman- actuamos en un
escenario en el que están reunidas todas “nuestras audiencias”. Por eso decía que,
gracias a Facebook , conozco filias y fobias “inconfesables” de mis amigos. Maticemos: que algunos de ellos no desean confesarme a mí, Víctor Gil. Por ejemplo, estoy convencido de
que algunos de mis “amigos” de Facebook inscritos en el grupo contra José María Aznar se han adherido al mismo como un gesto de
complicidad con alguno de sus allegados que se había apuntado previamente (quien
con toda probabilidad ya conoce sobradamente sus inclinaciones políticas), sin percatarse de que están compartiendo con
todos sus amigos de Facebook una información personal -su filiación ideológica- que, casi seguro, si les preguntásemos, considerarían de carácter íntimo.
Es cierto que hay gente que controla de forma muy férrea con
quién se relaciona en las redes sociales, pero por ahí circulan divertidos
experimentos que inducen a pensar que no es lo habitual. Al igual que existe en sociología el concepto
de “familia extensa”, el auge de las redes sociales reclama el nacimiento de la
categoría “amistad extensa”. Vamos, que en Facebook no son necesarios los donettes para hacer amigos.
En fin,soy incapaz de ver en todas sus
ramificaciones en qué medida el fenómeno de las redes sociales, que han alcanzado en estos dos últimos meses definitiva e irremediablemente el tipping point (sobre esto hablaré otro
día), trastoca nuestra forma de construir la identidad, pero no me cabe ninguna
duda de que de alguna manera lo hace. Lo que sí que veo de forma inmediata es lo que representa para la investigación del consumidor en entornos digitales (netnografía). En este terreno, creo que hay buenas y malas y noticias.
La buena noticia es que el carácter íntimo y personal de las conversaciones (en sentido amplio) que tienen lugar a través de las redes sociales de interacción, le confiere mayor validez a la investigación etcnográfica que explota estos contenidos con la intención de conocer lo que opina y demanda al consumidor. La mala noticia es que, para acceder a estos contenidos -a diferencia de lo que sucede en foros, blogs, microblogging...-, necesitamos ser invitados/aceptados -sistema opt-in- por los usuarios, y eso supone un handicap desde el punto de vista de la representatividad, pues se instaura un sesgo cuyo impacto es difícilmente evaluable.
Por cierto, hablando de Facebook, por si a alguien, después del post, aún le apetece que me entere de sus secretos más íntimos (quién sabe, tan extendido está el voyeurismo como el narcisismo), ahí van mis datos de contactos :-)))

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