Walt Disney está congelado y punto.
Para mi desgracia o no, pertenezco a una generación que creció pensando que Walt Disney estaba congelado. Reconozco que nunca me pareció una cosa tan rara; le imaginaba con un traje de los años sesenta, gris marengo, de solapa estrecha y con una expresión irónica de esto no se acaba aquí, amiguitos. Quizá Pluto también esté crionizado y permanezca a su lado en una cápsula hermética esperando que llegue el día en que pueda volver a lamer la cara de su amo.
A lo que voy es a que
Disney, como compañía líder mundial en el sector del entretenimiento, merece
mis respetos. Si vendes magia es una sabia decisión empresarial difundir el
rumor de que tu fundador permanecerá congelado hasta que se descubra la cura
para el cáncer de pulmón. Bravo. La magia existe. ¿Por qué nos parece esto tan
raro comparado con que el dueño de una fábrica de coches conduzca uno de su
propia marca? Se trata de aplicar la lógica a tu negocio y crecer por el camino
que te marcan tus valores. Nada más.
Mi relación con Disney
arranca en un día de invierno sobre el regazo de mi madre, habíamos ido a un
cine de la Gran Vía a ver Bambi; yo tenía tres años y todavía, si cierro los
ojos, puedo ver los colores del bosque por el que corría ese ciervo de los ojos
tan grandes. Aquel día Disney me metió en el saco de sus clientes. Después, ya
sin mi madre, fui a ver Fantasía. Joder, aquello era arte. Hoy, que tengo dos
hijas en edad Disney, he tenido que tragarme cientos de veces La Cenicienta,
Blancanieves, La Bella Durmiente y todas sus secuelas y quintas partes con
paciencia franciscana. Imagino que es algo que va en la nómina de ser padre. Lo
curioso es que son películas que me siguen enganchando; es bueno pasar un
domingo de invierno tirado en el sofá y que tus hijas crean que un hada puede
hacer dormir a todos los habitantes de un reino durante cien años, es tan importante
para ellas como las bondades que promete un Actimel, son defensas emocionales
para su organismo. Dicho esto no me gustaría que nadie pensara que soy un
idiota infantiloide que duerme con un pijama de Buzz Lightyear, el que lo
quiera pensar está en tu derecho y tampoco a estas alturas me va a romper el
corazón, mi autoestima está blindada hasta el infinito y más allá; a lo que me
refiero es a que la magia es necesaria y que Disney, como gran emporio mundial
de la magia, ha sido y es uno de los responsables de nuestra educación
sentimental, y esto no lo pueden decir muchas marcas. Por eso le pido a Disney
desde aquí que invierta una buena cantidad en community managers para seguir
manteniendo viva la llama del rumor en la red. No quiero imaginar lo que sería de
mi vida si tuviera que borrar todos mis recuerdos asociados a la crionización
del viejo Walt, a su sonrisa suspendida en el tiempo, a su traje gris y al
cigarrillo que todavía sostendrá en su mano derecha, ese mismo que un día le
mató y que ahora espera una nueva oportunidad para devolverle la vida.
Qué recuerdos Luis. En mi caso fue un trauma infantil saber de su muerte. Lo de que estaba congelado llegó más tarde. Hay una escultura dedicada a Disney en RTVE, Prado del Rey con varios de sus personajes, que se erigió con donaciones particulares. Entre ellas la mía. Pocas marcas habrán conseguido eso.
Publicado por: Observator | jueves 3 de diciembre de 2009 en 8:54
No sabía lo de la estatua. Tienes razón, muy pocas marcas consiguen algo así y eso fue, precisamente, lo que me animó a escribir sobre Disney, aunque ahora alguno piense que me tomo el café por la mañana en una taza de La Bella y la Bestia. Muchas gracias por tu comentario.
Publicado por: Luis Acebes | jueves 3 de diciembre de 2009 en 11:51
Luis, me ha encantado el post de hoy. Como la mayoría, yo también me he criado con Disney y gracias a ti me voy de fin de semana con buen sabor de boca. Enhorabuena por tu blog
Publicado por: Marisa | viernes 4 de diciembre de 2009 en 19:02
Muchas gracias por tu comentario, Marisa. Me alegra que esto que escribo sirva para afrontar mejor el fin de semana, es un fin muy noble. Un saludo
Publicado por: Luis Acebes | lunes 7 de diciembre de 2009 en 18:15