I
Alejandro vive en un ciudad del cinturón industrial de Barcelona. Tiene 32 años, trabaja como funcionario de aduanas, y se autodefine como apasionado de la tecnología. Por su inclinación a la compra de los últimos lanzamientos tecnológicos, encaja bien en el retrato robot de un 'early adopter'; etiqueta con la que nos referimos a aquellos consumidores que tienen una mayor predisposición a adquirir antes que nadie las novedades que salen al mercado, aún a sabiendas de que por ello pagarán un sobreprecio, y de que probablemente harán de conejillo de indias con nuevas tecnologías poco testadas.
Un buen día, cansado de que muchas de las fotos que hacía su ‘vieja’ cámara digital de 3 Mpx -comprada hace sólo un año y medio antes- le salieran movidas o desenfocadas, se dio cuenta que no podía pasar más tiempo sin estar a la última en este tipo de artículo, a pesar de no ser un gran aficionado a la fotografía. Esa cámara de rácanas prestaciones desentonaba claramente con su iPhone comprado en la 5ª Avenida de Nueva York antes de ser comercializado en España -de lo más cool-, la PDA de última generación con GPS incorporado, el ordenador portátil ultraligero recientemente adquirido, y otros tantos cachivaches cutting-edge de los que disponía. Víctima del ‘Efecto Diderot’ -la compra de artículo que lleva a otro que combine, y así sucesivamente-, se lanzó a Internet para poner al día sus exiguos conocimientos sobre la materia.
En un artículo de Wikipedia -la enciclopedia universal de Internet creada por otros usuarios- encontró lo básico que pensó que debía saber para valorar lo que le ofrecería una cámara digital. Ya con un mínimo bagaje de conocimientos de fotografía digital adquirido, visitó foros de aficionados para que le ayudaran a solventar su máxima duda en aquél momento: Cámara réflex o compacta. Abrió nuevo hilo en quesabesde.com solicitando colaboración, al que respondieron desinteresadamente cerca de 15 miembros de esa comunidad. Al final le quedó claro que, de acuerdo con sus pretensiones, casi todos le recomendaban una cámara compacta de al menos 8,1 Mpx, con estabilizador automático de la imagen; esto último para evitar que le salieran las fotos movidas como con su antigua máquina. También le recomendaron algunas marcas y modelos concretos que se ajustaban a sus recomendaciones, pero aquí los foreros no terminaban de ponerse de acuerdo, por lo que nuestro hombre consideró oportuno buscar a través de Google información detallada de todos ellos.
Después acudió a Ciao, un site en el que otros usuarios cuentan -incluso en vídeo- sus experiencias con productos que han probado. Además de exponer con todo lujo de detalles los pros y contras de cada artículo, valoran en escalas estandarizadas variables tan importantes como el precio, calidad, garantía, etcétera. Asimismo, es posible ver cuántas personas han valorado el producto, lo que permite inferir la representatividad de las opiniones que se plasman en esas valoraciones.
Cuando Alejandro consideró que ya había recabado la información más relevante que necesitaba, dio por cerrada esta primera fase de su investigación ‘doméstica’ de mercados, para dirigirse de inmediato a una tienda de su localidad en la que estaba seguro de que disponían de la mayor gama de cámaras digitales: Media Markt. Que la tienda fuera más o menos económica, en este momento, le daba igual.
Una vez en la sección de fotografía, se dispuso a revisar a conciencia todos los modelos de más de 8,1 Mpx disponibles, hasta que localizó tres sobre los que había leído críticas positivas en Ciao. Una vendedora de la sección se le acercó para ofrecerle asesoramiento, pero Alejandro declinó el ofrecimiento basándose en dos motivos. En primer lugar, no creía que la información que la vendedora le pudiera ofrecer fuera más exhaustiva que la que había recopilado en Internet y, en último termino, no se terminaba de creer que el criterio de aquélla fuera independiente.
De los tres modelos que inicialmente satisfacían sus expectativas, se decantó por el más económico. Lo pagó y se lo llevó a casa.
Durante todo un fin de semana estuvo haciendo fotos, visionando los resultados en el ordenador, y subiéndolas a Flickr -una plataforma online de intercambio de imágenes- para poder pedirle opinión sobre la calidad de las mismas a varios de sus contactos del foro de fotografía.
Algunas fotos habían salido ligeramente desenfocadas, por lo que el lunes regresó de nuevo a Media Markt para cambiar la cámara por otra de las había oteado previamente. En la tienda, por supuesto, no le pusieron ningún inconveniente, ya que, a pesar de haber utilizado el producto, lo había devuelto en perfectas condiciones, tal y como establece la ‘garantía de satisfacción’ del establecimiento.
Alejandro empezó de nuevo el mismo ejercicio con la nueva cámara. Hizo decenas de fotografías a lo largo de la semana; en esta ocasión, obtuvo un resultado mucho más satisfactorio. No obstante, parece que no podía quedarse con la duda de si la tercera cámara que había visto sería aún mejor, por lo que, sin cortarse, repitió la jugada. Vuelta a Media Markt, devolución, nueva compra y prueba durante unos días.
Una vez probadas los tres modelos, concluyó que el segundo era el de mejor relación calidad precio. Evidentemente, después de todo el trajín no iba a quedarse con una alternativa que no le satisfacía. Regresó al establecimiento a devolver el producto y a recuperar su dinero. Cuando la dependienta -en modo rutinario- le preguntó qué motivos alegaba para hacer la devolución, Alejandro le espetó con sorna: ¡Yo no soy tonto! -el eslogan que desde hace años utiliza Media Markt en su publicidad-, para, acto seguido, detallarle los motivos reales.
Al joven ni se le había pasado por la cabeza comprar la cámara aquí. Sabía perfectamente que una vez que tuviera clara su decisión, y tras haber probado el producto, lo encontraría más barato en alguna de las tiendas de electrónica de Internet en las que ya había comprado en otras ocasiones. Y así fue. Al final adquirió la cámara a través de la red por 245 euros; 75 menos de lo que costaba en Media Markt.
Por rocambolesca que pueda sonar, la forma de comportarse de Alejandro es mucho más habitual de lo que tal vez se supone, especialmente en categorías de producto cuyo proceso de compra tiende a ser más complejo. A lo largo de los últimos años, quienes nos dedicamos a estudiar el comportamiento del consumidor, hemos asistido a un proceso de sofisticación continuo, que se inició tan pronto como la sociedad de consumo dio sus primeros pasos, pero que se ha acelerado de forma radical con el aumento del uso que éstos hacen de las nuevas tecnologías, y, en particular, Internet. Google, los foros y las páginas de opiniones, como Ciao o Kelkoo, han sustituido al “cuñado sabelotodo” que nunca faltó en toda familia, y al que Alejandro tal vez habría recurrido en tiempos pretéritos.
II
“La gente hace lo que la da la gana: ¿Es el final de la era del marketing?” Haciendo alarde una fina mezcla de ironía y cinismo, con reflexiones como ésta, Aquarius -una de las enseñas del gigante Coca Cola en España- ha logrado meterse en el bolsillo a una nueva generación de consumidores que ha empatizado con la primera marca que les ha reconocido públicamente su nuevo estatus en la sociedad de consumo. Consumer Power!
A la pregunta que se formulaban -claramente retórica-, tal vez habría que responder que la era del marketing durará mientras haya quien (persona o marca) trate de persuadir a un tercero de algo. Sin embargo, muy pocos discutirían que asistimos a un momento de rápida redefinición de la disciplina, debido en parte a un proceso de maduración natural, pero, sobretodo, a una sofisticación del consumidor. Hasta tiempos bien recientes, la pérdida de eficacia de la publicidad se achacaba casi exclusivamente al problema de la saturación, sin prestar demasiada atención a los cambios de actitud del consumidor de hacia ésta. Sostengo que el problema de la perdida de la eficacia de la publicidad tiene mucho más que ver con un largo proceso de socialización en el consumo, que con el bombardeo publicitario al que con frecuencia se apunta.
Son muchos los rasgos que diferencian al consumidor español actual del de los inicios de la sociedad de consumo, pero, a efectos analíticos, hemos decidido centrar el foco en los tres que mejor ayudan a comprender y anticipar hasta qué punto se va convertir complejo para las marcas llegar hasta su más preciado tesoro.
En primer lugar, cabría destacar la generalización de actitud crítica frente a los mensajes de las marcas, que por sistema son sometidos a cuarentena antes de otorgarle credibilidad alguna. Un actitud crítica que, por supuesto, no implica necesariamente un rechazo sistemático o negación de las marcas privadas. A pesar del auge de las marcas de la distribución -imparable en algunas categorías-, el consumidor de hoy es más ‘marquista’ que nunca. Nos guste más o menos, las marcas poco a poco han sido usurpando el rol referencial que en tiempos ocuparon exclusivamente las instituciones, como la religión o la propia familia. Y es precisamente en su mayor protagonismo en la vida de las personas donde se encuentra el germen de esa actitud crítica. Justo porque el consumidor es consciente de lo que representa una marca para sí mismo, el nivel de exigencia va mucho más allá de la mera transacción, y se ponen en juego factores -antes impensables- como la responsabilidad social corporativa.
Podemos ir diciendo adiós al consumidor inocente -si es que alguna vez existió como tal- que percibía la publicidad como una fuente de información aséptica que le guiaba hasta el lugar de la estantería donde se encontraban los productos que “debía” adquirir. A pesar de todo, aún hoy no resulta extraño escuchar a profesionales del marketing que en conversaciones informales infravaloran la capacidad de juicio de sus consumidores, sin tal vez haber reparado en lo que se les viene encima.
Con el paso de los años, las propias marcas, en el contexto de su lucha competitiva, se han ocupado de ir creando una “cultura” de consumidor cada vez más sofisticada. Desde el célebre eslogan “Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo” del mítico director de Camps , hasta el “Yo no soy tonto” de Media Markt, los consumidores han sido bombardeados de forma continua con consignas que les animaban a desarrollar un comportamiento inteligente a la hora de realizar sus elecciones. Sólo unos pocos de los miles de productos que se lanzan al mercado cada año, son una respuesta a una demanda preexistente del consumidor. Para conseguir vender artículos cada vez más sofisticados, es necesario crear previamente a un consumidor más ‘exigente’, preparado para asumir esas innovaciones.
En algunas categorías de consumo maduras, este proceso parece haber dado de sí todo cuanto podía, y determinadas marcas, en lugar de seguir estrujando cualquier mínima innovación, han decidido utilizar la estrategia de destapar las cartas de sus competidores. Dacia Logan dice que sus coches, aunque austeros, al final hacen lo mismo que cualquier otro, pero a un precio mucho menor. Don Simón acusa en su publicidad a Pascual de poco menos que farsante por presentar ante el consumidor sus zumos como refrigerados, cuando en realidad, en el momento que llegan a las tiendas, ya han roto la cadena del frío. Para persuadir al consumidor, las marcas optan por explicarle, de forma más o menos explícita, como otros tratan de engañarle (mediante el precio, la calidad...). Cada bloque de anuncios de televisión que ve, es un cursillo acelerado de cómo ser mejor consumidor.
Así pues, en una sociedad en la que todo se articula alrededor del consumo, convertirse en un “buen consumidor” (el mito del consumidor inteligente) es una aspiración -impulsada, insisto, por las propias marcas- que trata de satisfacerse tanto a través de la educación formal -casi la mitad de la población española ha estudiado alguna asignatura de marketing a lo largo de su carrera- como mediante el consumo de contenidos que los medios de comunicación ofrecen recurrentemente sobre el tema. Muchos de los consumidores a los que se dirigen las marcas saben tanto de marketing como quienes confeccionan las estrategias supuestamente orientadas a persuadirles.
Tanto la generalización de la actitud crítica, como la mejora de las competencias para juzgar las propuestas de las marcas, son cristalizaciones de un proceso lento, pero continuo, que tal vez se inició, como se ha dicho, en los albores de la sociedad de consumo. No se trata, pues, de fenómenos que se hayan producido de la noche a la mañana.
III
Pero hay un tercer factor disruptivo que, de forma más reciente, ha venido acelerar el ritmo y las implicaciones de estos cambios. Nos referimos al uso de las nuevas tecnologías -y especialmente Internet- por parte del consumidor.
Internet, con una penetración ya prácticamente universal en determinados segmentos de población de nuestro país, y más concretamente la Web 2.0, ha provisto al consumidor de herramientas que le permiten tratar de tú a tú a cualquier enseña. Las marcas aún pueden comprar su acceso a una audiencia masiva, pero los consumidores también pueden ganársela sin apenas gastar un céntimo. Los ejemplos de esta tendencia se apilan en Internet. Por ejemplo, algunos editores de bitácoras -bloggers- españoles han conseguido superar en audiencia a las ediciones online de diarios económicos con una larga y consolidada trayectoria en la prensa española. Asistimos, pues, a un equilibrio de poderes.
Muchas marcas han sabido captar con anticipación la esencia de estos cambios, y han decidido reinventar su modelo relación con el consumidor, permitiéndole desempeñar un rol mucho más activo en procesos que antes eran asumidos sólo internamente (como la producción, comunicación o distribución). En el caso más extremo, nos encontramos con marcas notorias como Wikipedia o Firefox cuya gestión está totalmente en manos de sus consumidores.
No obstante, es importante tener presente que no todos los consumidores encajan en el perfil descrito. Para empezar, hay aún una mitad que nunca ha estudiado ninguna asignatura de marketing, y que probablemente ni siquiera esté interesada en hacerlo. También tenemos cerca de un sesenta por ciento de la población española que no utiliza Internet. Por todo ello, se ha creído conveniente diferenciar a esta nueva generación de consumidores utilizando otra etiqueta.
Entre las diferentes alternativas barajadas (tentados estuvimos de asumir “consumidor 2.0”), nos decantamos por Crossumer. Con el prefijo “Cross” pretendemos enfatizar ese carácter activo que lleva al nuevo consumidor a “cruzar” la línea que tradicionalmente había marcado la división de funciones entre productor y consumidor.