Cosas sobre mi mesa 34.
Es lo bueno que tiene escribir en este blog.
Uno cree haber explicado algo y luego se da cuenta de que cada cual ha entendido una cosa distinta, en algunos casos mejor, más interesante que lo pretendido.
De hecho esa es una condición natural de cualquier obra de arte o pieza de comunicación: su pertenencia al receptor desde el momento en que es emitida. Hay tantos libros como lectores y tantas canciones como gente que las escucha.
Es donde descansa, en mi opinión, la gran revolución de la interactividad: que esa obra nueva que pertenece a cada receptor, y que acostumbraba a vivir en la intimidad, puede ahora ser compartida, ser difundida o recreada, ser destruida o mejorada. O como mínimo, como es el caso, puede ser puesta en común con el emisor.
Yo quise contar que aquí en la agencia echamos de menos una mayor proximidad con el trabajo, entendiendo trabajo como la fase final del proceso, el momento de la verdad en que una idea se construye y existe por fin.
Y no sólo pretendía hablar de la realización (por más que el ejemplo llevase a pensarlo), sino más bien de la conversión de una idea en un relato, en una expresión.
Pero han surgido comentarios interesantes a propósito de esa intención, cosas que seguramente al omitir, dije.
(A menudo es lo que no está lo que más está).
Es interesante lo del encargo, por ejemplo. Es cierto que la inmensa mayoría del gran arte universal procede de un encargo, casi siempre del poder político o religioso, más adelante también del económico. Encargos que no es difícil percibir como propaganda. Esa es una de las razones que aquellos que creen que la publicidad tiene algo que ver con el arte acostumbran a esgrimir para justificar sus argumentos.
Yo no sé trabajar sin un encargo, la verdad. Me cuesta mucho.
Eso de trabajar por amor al arte es una idea relativamente moderna, reivindicada gloriosamente por los románticos, que ensalzaron la figura del genio trabajando en imposible libertad.
A mi en cambio algo que me encanta de la publicidad es la presencia de límites, de problemas, de condiciones. Quizá sea vértigo, pero me siento más seguro trabajando en un territorio claramente delimitado.
Y sí, es cierto, el encargo ha producido obras inmensas. Yo nunca he dudado de eso.
También es interesante la idea del equipo. Yo creo que ahí utilicé un ejemplo correcto (Pixar) y otro perverso (el realizador sin combo).
He repetido tantas veces y en tantos sitios que en este oficio nuestro nadie puede hacer nunca nada solo que ya siento nauseas de mi mismo.
No sólo eso. Creo también que él trabajo que producimos, siempre junto a otros, acaba siendo apenas una mínima parte de un todo común que es la publicidad, toda la publicidad, el tapiz formado por millones de anuncios que átomo a átomo acaban construyendo un peculiar retrato y una parte importante de la cultura popular.
Todos trabajamos en realidad para una sola obra, para un único y gigantesco anuncio de anuncios. Así que todos formamos de algún modo un enorme equipo más o menos bien organizado.
Y en ese equipo es fundamental, para lo bueno y para lo malo, el cliente. Insisto: tanto para una cosa como para la otra.
El bueno de Oriol Villar me explicaba el otro día porque hace tanto tiempo que Wieden Kennedy no nos deslumbra con un nuevo spot de Honda.
“Han cambiado al cliente”.
Y él mismo añadió:
“Es una buena cura de humildad, ¿no?. Sin el cliente no eres nadie”
(Bueno, no sé si dijo exactamente esto, con estas mismas palabras, pero es lo que vino a decir, o lo que yo entendí, que a fin de cuentas es lo que nos importa).
Curioso, el cliente, el que encarga, es parte decisiva del equipo, de la obra.
Y es aquí donde se unen ambos asuntos, encargo y equipo, formando un nuevo texto que sale de cosas que yo no quise decir pero que a vosotros os pareció que dije, o que dije mal. Así que muchas gracias.
Y ahora permitidme un comentario más personal.
Manu: siento cierta tristeza por tus palabras, la verdad. Ya escribí en un par de textos anteriores sobre los jóvenes, no quiero repetirme. Espero que no seáis devorados por el hambre de otros. Pero sé que me equivoco.
Hola Tony, ¿la gente lee los comentarios a sus blogs?
Soy Luis, antes de las vacaciones te envie el rinòn y despues tuve una entrevista con David, que no llego a mucho pero fue muy positiva.
EL sabado pasado te crucé por Paseo de Gracia, estabas hablando con unas personas. Me hubiese gustado saludarte y mostrarte la cicatriz pero me dio verguenza. No es que sea exibicionista ni mucho menos, pero como muestra de fidelidad hacia SCPF hubiera quedado bien.
¿Es posible pasarme por la agencia un dia y enseñartela y mostrate mi nuevo portfolio?
Con lo cara que está el aguna en Barcelona, le recomiendo a todo el mundo que done un rinón, no saben los litros de agua bebida que se ahorrarán!
Gracias
Saludos.
Publicado por: Scooby Doom | miércoles 10 de octubre de 2007 en 19:50
No entiendo a Scooby, quizás no sabe lo que es un blog.
Al margen, lo que ocurre, pienso, es que tus posts abren posibilidades laterales y que la audiencia es especialista en pensamientos laterales. Respecto al todo que se va construyendo en la mente de los individuos a partir d ela publicidad que todos vamos generando, creo que hay otro pequeño toque de humildad: nuestra mente no diferencia publicidad del resto. En ese sentido aconsejo echar una mirada a la nueva Autobio-grafica de Albert Isern. Me imagino que nuestra memoria en imágenes es más o menos un discurso de ese estilo.
Publicado por: Observator | jueves 11 de octubre de 2007 en 12:13
Alguien muy respetado por mí y por ti mismo, Toni,(rm) dijo una vez que sólo el 50% de un anuncio es intención del que habla. El otro 50% suele ser proyección del que escucha”. Supongo que sería aplicable a lo ocurrido con tu post anterior y ampliable a los demás (casi todos los demás) ámbitos de la vida. En términos populares tal vez podría utilizarse el típico dicho: "De lo que veas créete sólo la mitad y de lo que te cuenten nada"
Publicado por: diana | domingo 14 de octubre de 2007 en 13:15
Los clientes suelen ser muy clientes (es su trabajo)... pero en algunos casos pueden llegar a ser directores creativos muy valiosos... Yo ficharía a más de uno para la agencia y lo situaría al lado del director creativo para que hiciese la labor de cliente-director-creativo (CDC). Sería como el garante de la creatividad efectiva.
No sé si me explico...
Publicado por: Yayo | martes 16 de octubre de 2007 en 10:41
El eterno dilema. Está claro que el cliente marca la pauta y es el que mejor conoce el producto y que hay directores de comunicación con ganas de arriesgar y sustituir sus productos por palabras o imágenes. Por desgracia muy pocas veces he podido trabajar con clientes anti-makethelogobigger. Incluso me he encontrado con casos en que se prohibía el uso de la palabra "no" en los titulares... A veces más que creativos parecemos expertos en fenómenos paranormales. De todo se aprende en esta vida.
Publicado por: parraman | martes 16 de octubre de 2007 en 12:29
El equipo, lo mejor de nuestra profesión, sin duda.
Los premios, la diversión, los festivales, los restaurantes, los viajes...pamplinas.
Cuando un equipo de gente que, viniendo de ciudades, incluso países diferentes, que han crecido y se han formado en distintos ambientes, algunos llevándose 20 años, unos con trajes y corbatas, otros con vaqueros, perillas, piercings, gafapastas, coletas, rimmel, tacones...de repente encajan, sus talentos se complementan, y llegan a algo que de verdad funciona, que de verdad "comunica"...ufff, eso no se lo cambio ni al mejor cirujano del planeta :)
Publicado por: Angua | miércoles 17 de octubre de 2007 en 18:31