Otra de las interesantes reflexiones del libro que mencioné hace un par de posts “When Advertising Tried Harder” se refiere a los concursos de agencia.
Un tema bastante polémico que viene coleando desde por lo menos los tiempos de la Edad de Oro de la publicidad Madison Avenue que documenta Jerry Della Femina y que cada dia está más candente.
Mucho se ha despotricado por parte de las agencias sobre la costumbre, tan arraigada en muchos anunciantes, de convocar a un montón de agencias a concurso, no sólo para llevar su cuenta durante un determinado periodo de tiempo, sino incluso para proyectos puntuales.
Las agencias han luchado y están luchando por que los concursos sean remunerados y los anunciantes, o al menos muchos de ellos, son muy reticentes a este modelo de remuneración.
Este tema viene siendo desde hace mucho tiempo un punto de conflicto y desentendimiento bastante agudo entre la Asociación Española de Anunciantes y la Asociación Española de Agencias de Publicidad, y tengo yo para mí que en el resto del mundo debe suceder algo parecido.
La interesante reflexión que hace Della Femina es no por simplista menos efectiva y contundente.
Lo que viene a decir es que en cualquier caso son los anunciantes - los mismos que convocan y generan esos desproporcionados concursos de agencia - los que acaban pagando por los gastos que las agencias incurren en ellos.
Una vez que te dejas de fijar en los árboles y consigues ver el bosque, es una situación que no por tener una complicada y poco evidente ecología deja de ser menos cierta y lo que es peor, menos aberrante.
Pongamos el caso del Anunciante que llama a concurso a las agencias A, B, C, y D (eso cuando no convoca a todo el alfabeto latino y parte del cirilíco, que tampoco es demasiado infrecuente)
La agencia A acaba ganando la cuenta. Enhorabuena. Lo primero que la agencia A va a hacer es repercutir esos gastos de concurso y presentación a su recién adquirida cuenta. Eso parece de alguna manera un poco sobreentendido entre agencia y cliente y tampoco va a generar mucha fricción. Hasta aquí el caso parece claro y no ha llegado la sangre al río.
¿Pero qué pasa con B, C, y D, que se han gastado una pasta gansa en el concurso y no han pillado el negocio? ¿Quién asume esos gastos?
La conclusión de Della Femina es clara- y a mí también me lo parece después de prestarle algo de atención y dos duros de reflexión: La factura la acaban pagando, de una manera o de otra, los clientes actuales en cartera de las agencias B, C y D, que en su día muy probablemente convocaron un concurso de agencia similar.
Visto así, los clientes en cartera de las agencias B, C y D se deberían cabrear como monas al ver a su agencia titular presentarse a concursos, porque serían conscientes de que van a acabar pagando el pato en el caso de que la agencia no gane el concurso, pero por otro lado es un poco delicado adoptar una postura de rechazo cuando ese mismo cliente recurrió en su día a un concurso de agencia para adjudicar su cuenta, provocando así una reacción en cadena.
Esa ecología un tanto perversa en el que el depredador de hoy pasa casi con toda seguridad a ser la victima de mañana comparte muchas características con el dilema del prisionero: un interesante escenario de teoría de los juegos que lleva dando quebraderos de cabeza a investigadores durante décadas y del que os invito a conocer más para seguir mejor el resto del post. Lo tenéis en español aquí (más escueto) y en ingles aquí (más completo). Si os interesa profundizar en el tema os recomiendo el excelente libro de William Poundstone “The prisoner’s dilemma”.
Como habréis visto es una situación en el que si los dos agentes cooperasen (y en este caso entendemos por cooperación que no hiciera falta hacer gastos desmesurados en un concurso de agencia, que bastara una presentación de credenciales y de trabajos pasados o experiencia pasada, etc..), los dos agentes, agencia y anunciante, salen ganando, pues nadie acaba cargando con unos gastos en los que no se incurren.
El caso mas evidente de “traición unilateral” es la remuneración del concurso a todas las agencias convocadas. Ahí la agencia, gane o pierda, es remunerada - por lo que es ventajoso para las agencias y sobre todo para los clientes que éstas tienen en cartera, que de otro modo acabarían pagando por un trabajo que no han encargado y del que no han sacado ningún provecho - pero no es nada ventajoso para el anunciante que ha convocado el concurso, que termina pagando por un trabajo y un contenido que no va a usar ni le va a servir para nada. Es un sistema mas justo pero desde el punto de vista de la eficiencia pura del sistema no es que tenga demasiado sentido.
El otro que parece un caso de “traición unilateral” es el del anunciante que convoca concurso y sólo acaba pagando los gastos en los que incurre la agencia ganadora, pero no las otras. Este es aparentemente ventajoso para dicho anunciante, que puede elegir la mejor entre un montón de propuestas diferentes, sin que tenga que remunerar el esfuerzo de las demás agencias.
El dilema se plantea cuando el caso puntual de esa “traición unilateral”, esa política aparente de “el que venga detrás que arree” en el que hay un claro ganador ‘ el anunciante que convoca concurso - es sólo una ventaja momentánea, que se va a revertir y equilibrar con el tiempo.
Aparentemente es un caso en el que simplemente acaban pagando justos por pecadores, pero no es así. A largo plazo - y la ecología del sistema de concursos funciona a largo plazo - se acaba transformando en el de “traición mutua”, que es el peor de los escenarios posibles.
Por eso lo mas razonable parece la simple presentación de credenciales, luego el concurso remunerado y por último el concurso no remunerado. Y no lo estoy diciendo desde posturas partidistas sino desde el puro sentido común y la adopción de una estrategia ganadora para ambas partes.
Y no lo logramos. Somos tan zopencos que no conseguimos adoptar una postura inteligente con la que todos acabaríamos ganando.
Si queremos encontrar algo de consuelo, siempre podemos pensar que esta situación no es rara. Es mas bien común. Y eso es lo que a mí me parece más triste.
Y, ojo, no es que yo no haya disfrutado como un enano con los concursos - sobre todo cuando ganamos. La satisfacción que causa mojarle la oreja a la competencia es muy grata, pero ahora que estoy a punto de saltar a la arena empresarial tiendes a mirar con más detenimiento la eficiencia de los sistemas, y desde esa perspectiva me parece una situación un tanto lamentable.
¿Seremos capaces de cambiarla entre todos?
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