Somos una profesión con mala conciencia, y no deberíamos.
Por alguna razón hemos sido elegidos como diana por una enorme cantidad de descontentos con el sistema: intelectuales, artistas, filósofos, políticos más o menos radicales, ecologistas, sacerdotes liberados o no, economistas alternativos, catedráticos, poetas e incluso periodistas.
No me quejo.
Me quejo de que hayamos acabado asumiendo esas críticas y sintiéndonos mal.
¿Cómo deberían sentirse entonces (por poner un ejemplo de oficio por el que profeso devoción y respeto) los arquitectos?
A mi reciente amigo Jorge Martínez, el hombre de Murcia del que ya hablé unos post atrás, le gusta decir que en su opinión la arquitectura ha fracasado como disciplina.
Parece claro que es una hipérbole, pero no es difícil comprenderla.
Basta mirar alrededor y darse cuenta de qué países, qué ciudades, qué viviendas, qué litoral, qué convivencia hemos acabado construyendo.
Haced una mínima prueba, fijaos en los edificios que tenéis cerca y comprobad si han sido diseñados teniendo en cuenta algo tan primordial y tan básico como su posición con respecto a la luz del sol.
Buena parte de nuestra relación con el mundo ha sido diseñada (o no diseñada en absoluto) por arquitectos. Ellos planean y edifican lo que de algún modo podría entenderse como el interfaz de nuestra interacción con la realidad. Algo (bastante) de nuestra felicidad cotidiana depende de eso.
No creo que el resultado de esa inmensa obra sea motivo de orgullo.
Entiendo que es posible encontrar miles de explicaciones para ese desastre, y que es más que probable que ese desastre haya sido inevitable, provocado por fuerzas que nos superan entre las cuales las económicas no son las menores.
Está claro que los arquitectos responden a encargos en los que muy a menudo no deben creer, que son víctimas de la especulación, de la política (la mala, tan frecuente), de visionarios de todo tipo, de la inercia (ese monstruo).
Pero lo cierto es que el resultado final es, como mínimo, cuestionable.
Y sin embargo no parece que eso haya afectado decisivamente a la autoestima de una profesión que transpira orgullo sin que eso le impida reflexionar sobre ella misma, que se muestra conocedora de sus raíces y de sus responsabilidades, y que goza de una excelente reputación, seguramente porque es la primera en respetarse a sí misma.
Es más, todos hablamos maravillosamente bien de tipos brillantes como Gehry o Nouvel que están mucho más cerca de ser publicitarios como nosotros que de otra cosa (¿o alguien cree, a estas alturas, que lo que de verdad les encargan las administraciones y las grandes compañías son edificios?).
Y por si sospecháis que tengo algo contra ellos puedo elegir otro oficio del que soy admirador confeso: el diseño gráfico.
Un simple paseo por Carrefour nos lleva a las mismas tristes conclusiones.
¿No nos hace infelices que todo sea tan feo?. Y estamos hablando apenas de packaging.
Recuerdo que una noche de hace años, tomando una copa con algunos amigos en Madrid, el inmenso Julián Zuazo me insistía, con esa vehemencia callada tan característica, en la extrema fealdad de los escaparates de Madrid (“Los escaparates Toni, ¿te has fijado en los escaparates?”).
Sí, los diseñadores gráficos han poblado nuestro derredor de mal gusto, pésimo, pero no parece que ello les impida respetarse y sentirse razonablemente orgullosos de lo que hacen y lo que son.
No quiero insistir demasiado sobre algo que me parece claramente explicado, pero si queréis ahondar podéis reflexionar sobre los diseñadores industriales, o los periodistas, por pensar en disciplinas cercanas.
Nosotros, en cambio, nos sentimos fatal en nuestro papel de cómplices de alguna supuesta monstruosidad.
Estoy dispuesto a admitir que el mundo está saturado de mala, horrenda, repugnante publicidad. Lo mismo que está lleno de pésima arquitectura, espantoso diseño o fétido periodismo.
Pero por alguna misteriosa razón nosotros nos acabamos juzgando a nosotros mismos por aquello que no hacemos bien. Debe ser el sentimiento de culpa.
Tengámonos en cuenta por nuestros logros, y procuremos no entrar en honduras sociológicas o éticas de las que otros mejor aceptados por la sociedad saldrían bastante más trasquilados.
O entremos y entonces más nos vale enviarlo todo al carajo.
Lo he dicho otras veces y lo repito: hoy no es fácil encontrar la inteligencia, la sutileza, la hermosura, la poesía o la crítica que se puede hallar en la mejor publicidad en otras disciplinas sacralizadas (como el arte contemporáneo, o el cine, o la literatura).
Y sí, lo que hacemos sirve para vender, algo que ni podemos ni queremos esconder, como en cambio hacen todos los demás. Porque vender, y comprar, es el nombre del juego, y hasta que no lo cambiemos habrá que aceptar sus reglas.
Respetar lo que hacemos, valorarlo en su justa medida, investigar sobre ello y sacar conclusiones, conocer y enseñar adecuadamente qué somos y de dónde venimos, es el paso necesario para sacudirnos este absurdo complejo de inferioridad.
A la gente le gusta la publicidad, como le gustan los goles de Messi y las esferificaciones de Ferrán Adriá.
A mi me parece que da para sentirse orgulloso. Al menos un poco.
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